La subida del precio de la luz y el gas vuelve a situar la energía entre las preocupaciones de empresas, autónomos e industrias. Durante un tiempo parecía que habíamos dejado atrás los peores momentos de la crisis energética. Los mercados se habían moderado y, aunque nadie podía hablar de estabilidad absoluta, muchas empresas habían dejado de mirar sus facturas con la inquietud de años anteriores.
Los últimos meses, sin embargo, nos han recordado hasta qué punto la energía continúa siendo un coste difícil de prever. El gas ha experimentado movimientos especialmente intensos y la electricidad tampoco permanece ajena a un escenario en el que vuelven a mezclarse incertidumbre, tensiones internacionales y preocupación por lo que pueda ocurrir durante el próximo invierno.
Para una empresa, todo esto tiene una traducción mucho más sencilla que cualquier gráfico de mercado: mantener prácticamente la misma actividad, las mismas instalaciones y un consumo parecido no garantiza que el coste energético vaya a mantenerse. Cuando la energía representa una parte importante de los gastos de explotación, una subida sostenida termina afectando a márgenes, presupuestos y decisiones empresariales.
Conviene, no obstante, no caer en el alarmismo. Que los precios hayan aumentado con fuerza no significa necesariamente que estemos ante una repetición de la crisis energética de 2022, ni permite saber con certeza qué ocurrirá durante los próximos meses. Precisamente porque nadie puede asegurarlo, creemos que es un buen momento para explicar no solo cuánto está subiendo la energía, sino por qué está ocurriendo y qué margen tienen realmente las empresas para protegerse de esa volatilidad.
El gas vuelve a recordarnos lo rápido que puede cambiar el mercado
Los datos del mercado gasista español ofrecen una buena muestra de la velocidad con la que ha cambiado el escenario. Según MIBGAS, el producto mensual con entrega en septiembre de 2026 cotizaba a 51,93 €/MWh el 5 de agosto. El 31 de agosto alcanzaba los 69,70 €/MWh. Es decir, en menos de cuatro semanas esa referencia había aumentado aproximadamente un 34 %.
No se trata de trasladar directamente ese porcentaje a una factura. Lo que termina pagando cada empresa depende del contrato, de la modalidad de suministro, del momento en el que se cerró el precio y de otros componentes. Pero la evolución sí sirve para entender la magnitud de los movimientos que se están produciendo y por qué determinadas empresas pueden encontrarse ahora con ofertas o renovaciones muy diferentes a las que tenían hace unos meses.
Además, el movimiento no afectó únicamente a septiembre. El 31 de agosto, MIBGAS situaba octubre en 69,17 €/MWh, noviembre en 68,89 €/MWh y el producto Winter 2026 en 67,63 €/MWh. El mercado, por tanto, estaba trasladando buena parte de esa tensión hacia los meses siguientes.
¿Qué está provocando la subida del precio de la luz y el gas?
No existe una única explicación. Como ocurre habitualmente en los mercados energéticos, estamos ante una combinación de factores que se han producido prácticamente al mismo tiempo y que afectan especialmente al gas.
Uno de los más importantes está muy lejos de nuestras fronteras. Las actuales tensiones en Oriente Medio y las disrupciones que afectan al estrecho de Ormuz han reducido significativamente la disponibilidad internacional de gas natural licuado (GNL) procedente del Golfo. Según Reuters, las interrupciones han retirado del mercado alrededor de 36 millones de toneladas de GNL, en un momento en el que Europa necesita precisamente aumentar sus reservas antes del invierno.
A esa menor disponibilidad se añade otro problema: Europa llega a estas fechas con sus almacenamientos de gas en niveles más bajos de lo habitual. Las reservas europeas se encuentran actualmente alrededor del 67-69 %, por debajo de los niveles habituales para esta época y del objetivo comunitario del 80 % para diciembre. Esto obliga a Europa a seguir comprando gas para afrontar el invierno en un mercado internacional que dispone de menos oferta.
Y aquí aparece un factor que a veces pasa desapercibido. Europa no compra GNL en un mercado propio y aislado, sino que compite por los cargamentos disponibles con los compradores asiáticos. Un barco de GNL puede terminar en una terminal europea o dirigirse hacia Asia en función, entre otras cuestiones, de dónde encuentre mejores condiciones. En estos momentos los elevados precios están reduciendo la demanda de países asiáticos como China, India o Pakistán, lo que facilita que Europa atraiga más cargamentos; pero ese equilibrio puede cambiar si aumenta la demanda asiática o si el invierno resulta especialmente frío.
Todo esto introduce una considerable prima de incertidumbre. En los mercados energéticos no importa únicamente cuánto gas tenemos disponible hoy, sino cuánto se espera que haya dentro de dos o tres meses. Por eso una alteración geopolítica, una interrupción logística o unas previsiones meteorológicas adversas pueden provocar movimientos importantes antes incluso de que exista una escasez física de gas.
¿Y por qué una subida del gas termina afectando también a la electricidad?
Esta es probablemente una de las cuestiones que más cuesta entender al consumidor. España dispone cada vez de más energía renovable y, aun así, el precio internacional del gas continúa teniendo capacidad para influir sobre el mercado eléctrico.
La explicación está en cómo se cubre la demanda de electricidad. La solar y la eólica pueden producir energía a costes muy competitivos, pero no generan cuando queremos, sino cuando existen las condiciones necesarias. Cuando esas tecnologías, junto con la nuclear, la hidráulica y el resto de la generación disponible, no son suficientes para cubrir la demanda de determinadas horas, entran otras fuentes de producción, entre ellas los ciclos combinados que utilizan gas natural.
La propia Comisión Europea explica que, cuando la demanda supera la electricidad disponible procedente de renovables y nuclear, el gas puede convertirse en la tecnología que marque el precio marginal. Por ello, cuando producir electricidad con gas se encarece, el mercado eléctrico puede verse también presionado al alza.
Esto no significa que el gas sea siempre el responsable de que suba la electricidad, ni que todas las horas se comporten de la misma manera. De hecho, los datos españoles muestran una realidad bastante más interesante. En agosto, las renovables produjeron 13.640 GWh y representaron el 53,6 % de la generación eléctrica nacional, un 11 % más que un año antes. La fotovoltaica fue la primera tecnología, con un 29,2 %, pero los ciclos combinados fueron la segunda, con un 20,7 %. Al mismo tiempo, la demanda eléctrica nacional aumentó un 2,4 % interanual una vez corregidos los efectos de temperatura y laboralidad.
Es una buena muestra de la complejidad del sistema. Podemos tener más de la mitad de nuestra electricidad procedente de renovables y seguir necesitando gas durante determinadas horas. Y mientras eso ocurra, lo que suceda en el mercado internacional de ese combustible seguirá teniendo capacidad para repercutir en nuestros precios eléctricos.
España no está sola: la energía vuelve a ser un problema europeo
También conviene ampliar un poco el foco. La subida del precio de la luz y el gas no es un fenómeno exclusivamente español. La tensión del gas afecta al conjunto de Europa y el mercado eléctrico europeo está interconectado, aunque sus consecuencias sean distintas en cada país.
La tensión del gas afecta al conjunto de Europa y el mercado eléctrico europeo está interconectado, aunque sus consecuencias sean distintas en cada país.
Y aquí aparecen diferencias importantes. No todos los países producen electricidad de la misma forma. Francia cuenta con un peso muy elevado de la generación nuclear; Alemania dispone de una importante capacidad eólica y solar, pero también necesita tecnologías térmicas en determinados momentos; Italia mantiene una exposición significativa al gas; y España y Portugal disponen de unas condiciones especialmente favorables para la producción solar y eólica.
Por eso una misma subida internacional del gas no tiene por qué trasladarse con la misma intensidad al precio eléctrico de España, Francia, Alemania o Italia. El mix de generación, la meteorología, las interconexiones, la demanda, los impuestos, los costes de red y la estructura de los contratos influyen en el precio final de cada país. La Comisión Europea señala precisamente estos factores para explicar por qué existen diferencias importantes entre los mercados y las facturas de los distintos Estados miembros.
Las diferencias pueden llegar a ser considerables. Como referencia, el precio mayorista eléctrico medio de 2025 osciló entre 41 €/MWh en Finlandia y 116 €/MWh en Italia, mientras que la media europea se situó en 85 €/MWh. Son datos del año anterior y, por tanto, no deben confundirse con los precios actuales, pero muestran hasta qué punto pertenecer a un mercado europeo interconectado no significa que todos los países tengan exactamente el mismo precio.
Lo que sí comparten los Estados miembros es una vulnerabilidad que la crisis energética puso claramente de manifiesto: Europa continúa dependiendo en buena medida de combustibles importados cuyo precio se determina en mercados internacionales. La Comisión Europea reconoce que, aunque los precios mayoristas se moderaron después de la crisis de 2021-2023, permanecen por encima de sus medias históricas y los precios minoristas para hogares y empresas siguen siendo superiores a los anteriores a 2021.
Mirar lo que ocurre en nuestros países vecinos sirve, por tanto, para poner el problema en perspectiva. No existe un sistema completamente inmune a las tensiones energéticas. Cada modelo tiene fortalezas y dependencias diferentes, pero todos están condicionados, en mayor o menor medida, por un mercado energético europeo e internacional cada vez más interconectado.
El problema no es únicamente que la energía suba
Cuando los precios se disparan resulta comprensible buscar responsables. Se habla de los mercados mayoristas, de las comercializadoras, de la regulación, del sistema marginalista, de la situación internacional o de nuestra dependencia energética. Todos esos elementos forman parte del debate y algunos merecerían un artículo por sí mismos.
Sin embargo, desde AGS creemos que existe otra cuestión sobre la que también deberíamos reflexionar: muchas empresas continúan gestionando su energía de manera reactiva. El contrato se revisa cuando está a punto de vencer o cuando alguien llama ofreciendo una alternativa. La potencia se analiza cuando aparece un coste inesperado. El consumo se estudia cuando la factura sorprende y la eficiencia empieza a preocupar cuando la energía ya se ha encarecido.
Durante periodos de precios relativamente bajos esta forma de trabajar puede pasar desapercibida. Cuando el mercado vuelve a tensionarse, sus consecuencias se hacen mucho más visibles.
Y aquí también deberíamos hacer cierta autocrítica quienes trabajamos en el sector energético. Durante demasiado tiempo se ha utilizado el miedo a futuras subidas como argumento comercial. Cuando el mercado subía había que firmar inmediatamente porque supuestamente continuaría subiendo; cuando bajaba también había que hacerlo porque aquella oportunidad podía desaparecer. Curiosamente, casi siempre parecía existir una razón para tomar una decisión con urgencia.
Después de años recibiendo este tipo de mensajes, no debería sorprendernos la desconfianza que determinadas prácticas comerciales han generado entre muchos clientes. La solución a la actual subida del precio de la luz y el gas no debería consistir en sustituir una presión comercial por otra. Si el mercado está caro, el cliente necesita entender qué está ocurriendo, qué condiciones tiene actualmente, cuándo vence su contrato y qué alternativas reales existen.
Habrá situaciones en las que tenga sentido cerrar determinadas condiciones y otras en las que pueda resultar razonable estudiar diferentes alternativas. Lo importante es que la decisión responda a datos, necesidades y riesgos reales, no al miedo generado por una llamada comercial.
Una factura más cara no significa que toda la culpa sea del mercado
Existe otro riesgo cuando los precios suben: atribuir automáticamente cualquier incremento de la factura a la situación del mercado. En algunos casos será una parte importante de la explicación, pero no necesariamente la única.
Dos facturas con importes diferentes pueden esconder cambios en el consumo, en la potencia demandada, en los horarios de funcionamiento, en las condiciones contractuales o en otros componentes. También puede ocurrir que una empresa lleve meses pagando más de lo necesario por una potencia mal dimensionada, por consumos fuera del horario productivo o simplemente porque nadie ha revisado sus condiciones.
Por eso, cuando una empresa nos dice que su factura ha subido, mirar únicamente el importe total aporta muy poca información. Hay que entender qué está pagando, cuánto está consumiendo y qué ha cambiado respecto a periodos anteriores. La factura es el resultado final de muchas variables y, si no las separamos, resulta muy fácil llegar a conclusiones equivocadas.
Precisamente en periodos de energía cara adquieren más valor medidas que en otros momentos pueden parecer secundarias. Una reducción de consumo tiene un impacto económico mayor cuanto más cara es la energía que dejamos de comprar. Revisar potencias, monitorizar consumos, corregir energía reactiva, optimizar horarios, mejorar equipos o estudiar un proyecto de autoconsumo no impide que el mercado suba, pero sí puede reducir la exposición de una empresa a esas subidas.
No podemos controlar el mercado, pero sí nuestra exposición a él
Quizá este sea uno de los principales aprendizajes que deberíamos extraer de los últimos años. Una empresa española no puede controlar el precio internacional del gas, decidir qué ocurre en el estrecho de Ormuz ni determinar cuánto frío hará este invierno en Europa. Tampoco puede saber con certeza cómo evolucionarán los mercados durante los próximos meses.
Lo que sí puede hacer es conocer mucho mejor su propio consumo.
Puede saber cuándo consume y por qué. Puede detectar consumos innecesarios, comprobar si la potencia contratada se corresponde con la que realmente necesita, estudiar si determinadas cargas pueden desplazarse a otros horarios y analizar si las condiciones de su contrato continúan siendo adecuadas. También puede valorar inversiones en eficiencia o autoconsumo con números reales y no simplemente porque alguien le haya prometido un determinado porcentaje de ahorro.
Esto cambia bastante la forma de entender el problema. La cuestión deja de ser únicamente intentar adivinar cuándo bajará la energía y pasa a ser hasta qué punto nuestra empresa depende de aquello que no puede controlar.
Ante una subida del precio de la luz y el gas, reducir el consumo no es únicamente una cuestión medioambiental. También es una forma de reducir riesgo. Cada kWh que una empresa deja de necesitar es un kWh cuyo precio futuro deja de preocuparle.
Lo mismo sucede con la contratación. Buscar un buen precio es importante, pero una buena gestión energética no debería limitarse a comparar una cifra en una oferta. Hay que entender duración, condiciones, renovaciones, permanencias, servicios adicionales, estructura de precios y, sobre todo, comprobar si el contrato tiene sentido para el perfil real de consumo de la empresa.
¿Estamos otra vez ante una crisis energética?
Creemos que sería precipitado plantearlo en esos términos. La subida del precio de la luz y el gas merece atención y existen riesgos reales de cara al invierno, especialmente por el nivel de los almacenamientos europeos y las incertidumbres que rodean al suministro internacional de GNL. Pero convertir cada subida en el anuncio de una nueva crisis serviría más para generar preocupación que para ayudar a tomar mejores decisiones.
El mercado puede continuar tensionado, estabilizarse o corregir parte de las subidas. El invierno puede ser frío o más benigno de lo previsto y la disponibilidad internacional de gas también puede cambiar. La experiencia de estos últimos años debería habernos enseñado precisamente a desconfiar de las predicciones demasiado seguras en un mercado condicionado por tantas variables.
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Lo que sí podemos afirmar es que la volatilidad energética ya no debería sorprender a ninguna empresa. La actual subida del precio de la luz y el gas vuelve a demostrar que gestionar la energía únicamente cuando aparece un problema significa, casi siempre, actuar con retraso.
Desde AGS Eficiencia Energética creemos que ahí es donde merece la pena centrar el debate. No podemos pedir a una pyme que se convierta en especialista en mercados energéticos ni que consulte cada mañana las cotizaciones del gas y la electricidad. Pero sí podemos ayudarla a conocer qué consume, qué paga, qué tiene contratado y qué posibilidades reales tiene para reducir sus costes y su exposición al mercado.
Y quizá ahí esté también la diferencia entre vender energía y gestionar energía. Lo primero puede terminar en una firma. Lo segundo empieza mucho antes y continúa después, cuando llega la factura y toca comprobar si aquello que se explicó se corresponde realmente con lo que el cliente está pagando.
Las actuales tensiones pasarán en algún momento, como lo han hecho otras. Después llegarán periodos más tranquilos y probablemente, tarde o temprano, volverán a producirse nuevos episodios de volatilidad. No sabemos cuándo ni con qué intensidad.
Lo que sí podemos decidir es si la próxima subida vuelve a encontrarnos mirando únicamente el importe final de la factura o si, para entonces, conocemos suficientemente bien nuestra energía como para saber dónde podemos actuar.
Porque gestionar mejor la energía no significa predecir el mercado. Significa depender un poco menos de él.
Fuentes consultadas:
MIBGAS — Resultados del mercado
Red Eléctrica — datos del sistema eléctrico español
Comisión Europea — precios de la electricidad
Reuters — mercado europeo e internacional de gas y GNL
© 2026 AGS Eficiencia Energética


